Han pasado muchos sucesos en este largo periodo. Mencionarlos todos es cosa de nunca acabar. ¿Tantos pude tener?, si... los suficientes para madurar en varios sentidos de mi vida.
Bueno... entre tantos sucesos y eventos que me han pasado, tuvo que presentarse uno que era inevitable poder eludirlo. La separación entre seres queridos no es fácil asimilarla, menos si existe un lazo fuerte que ha ido sustentándose con valores, principios y una hermosa fraternidad que nutre el núcleo familiar (unión y buena correspondencia entre los miembros de una familia). Pensar en el hecho de no volver a ver a mi padre hasta quizás cuando, me produce una nostalgia que compunge mi corazón.
Así es, mi viejo viajó el día jueves, 28 de junio, a las 12 del día. Lo dejamos en el aeropuerto esperando volver a verlo y confiando en Dios, pacientemente, que nos permita poder abrazar y estrechar nuestras manos con las del jefe de la familia, el toqui de nuestra ruca, una vez más.

El sufrimiento, la desesperación, la desesperanza, la melancolía y un sin fin de otros sentimientos, que infectan nuestro espíritu, nos retuercen y propagan una desazón en el entusiasmo que nos motiva a seguir luchando en esta vida que cada día se torna más exigente y materialista. Es ahí donde me doy cuenta que no es la mejor manera de enfrentar esta peripecia y que dejar de actuar equilibradamente nos impide poder fomentar la esperanza de un reencuentro. Mi polola me lo recalca, la escucho y tiene toda la razón. No se ha acabado todo, la voluntad de Dios se ha ido cumpliendo en la vida de mi viejo y si el partió con nuevos rumbos a una tierra lejana, es porque era necesario e indispensable. Es la salida divina que se manifestó en un momento muy agobiante, la respuesta que esperábamos para dar rienda suelta al comienzo de la solución a nuestras pesadumbres.
Nuestra naturaleza tiende a cuestionar a la vida, en si, por como nos trata, pensamos y decimos “¿porque tuvimos que llegar a esta incidencia?” o “que mala suerte la mía”, como muchos dicen. Caemos en un grave error, la suerte es definida, terrenalmente, como un encadenamiento de accidentes, considerados como fortuitos o casuales. O sea, son hechos que no se pueden evitar ni prevenir, como si uno asumiera tal condición dejando a un lado el hecho de entender no el “porque” sucedieron las cosas, si no, el “para que” sucedieron. Como que creemos en fuerzas externas, provenientes del más allá, que fijan nuestro “destino” y no nos permitimos a nosotros mismos comprender que tenemos un libre albedrío y que de acuerdo a las decisiones que tomemos, ante tentativas que nos ofrece la vida, sufriremos malas o buenas consecuencias. El “destino” no nos rige. “Todo nos es lícito, pero no todo nos conviene”. ¿Acaso esta frase célebre es una inspiración propia de nuestra sabiduría? De acuerdo a nuestros actos y al comportamiento que adoptemos seremos capaces o no de ser hombres y mujeres de bien con una vida plena y armoniosa.
No debemos adoptar al destino e incorporarlo a nuestro estilo de vida, ¿saben porque?... simple: porque significaría creer que las cosas que nos suceden son por disposición de la naturaleza como fuerza externa. Un cristiano no debe regirse tan fácilmente por entes análogas a Dios. Destino proviene de la palabra hado, divinidad o fuerza irresistible que, según los antiguos, obraba sobre los dioses, los hombres y los hechos. Ahora, piénsalo bien antes de decir que el destino te jugo una mala pasada.

En mi caso, Dios rige su voluntad en la vida de mi familia dándonos la oportunidad de surgir ante la adversidad. Dios no nos mira desde arriba y disfruta hacernos padecer sufrimientos para ver que tipo de reacciones acogemos… ¡jamás! Las eventualidades que amoldemos en esta vida, tanto buenas o malas, son fiel consecuencia de los actos que cometemos. Asimilarse cada día al carácter de Dios es primordial para no padecer el sufrimiento de un mal convencionalismo. Dios nos perdona ante el pecado cometido, tras nuestro arrepentimiento, pero la consecuencia tenemos que soportarla lamentablemente. Dios prueba nuestra calidad de cristiano y en este momento lo esta haciendo con mi familia. Saldremos adelante con paciencia siempre esperando en El. Mi deseo es que si pasas por un apesadumbre de calibre muy alto… sigue el consejo de este humilde servidor y veras como Dios te bendice.

Entonces, arriba el ánimo familia. Tenemos la esperanza del reencuentro. Hagamos que nuestra debilidad se torne bendición manteniendo una relación mutua de dependencia con Dios, como mi viejo siempre nos ha enseñado. No dejemos que la autocompasión se adueñe de nuestras vidas y miremos al cielo con voz de júbilo.
Si no hubiera chateado con mi polola no me habría motivado a escribir este artículo, lo debo reconocer. ¡Bebe, la fuente de mi inspiración! ¡Te amo corazón y será por siempre!
Saludos a mi hermana Carlita. Me alegra su arduo trabajo en la iglesia, me da un ejemplo excepcional. A mí querida madre que a pesar de todo es fuerte y me anima con su cariño incondicional. Por último, obviamente, a mi viejo… como te dije muchas veces padre, entre la sabiduría y la inteligencia hay una gran diferencia. Tu sabiduría ha sostenido mi vida y siempre me sentiré orgulloso de ti. ¡Gracias!
Gracias bebe por el ánimo que me das... tu cariño es incondicional y tu amor me sustenta cada día más mi corazón. ¡Te amo morena!
Espero que les guste mi escrito, por ende espero sus comentarios.
¡Saludos a todos!

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